sábado, 28 de febrero de 2015

Febrero

 
 

Si voy a morir no quiero
que el aire enrede mis cabellos;
si voy a morir no quiero
que florezcan los almendros
ni leer mis libros tristes.
Si voy a morir no quiero
ni lápices, ni carmines.
Si no voy a vivir otro febrero
que no me miren más tus ojos
para que esa ausencia no amanezca cada día en tu mirada


lunes, 16 de febrero de 2015

Un recuerdo y el olvido



Semana 19 de la VIII edición del concurso Relatos en cadena que organiza @laventana y @deescritores. La frase de inicio era: “Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca". Y estas han sido mis propuestas. 


1-Un recuerdo y el olvido


¡Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca!, decías con tu vocecita de niño listo, imitando al jefe de pista mientras jugabas con el circo de los clicks. Te pasabas horas y horas en el cuarto de los juguetes, imaginando historias, solo y tranquilo, aunque yo te echaba un ojo de vez en cuando. Con qué nitidez recuerdo esa imagen de tu infancia, Pedro, y sin embargo no puedo reconocer de quién son esas manos que me acarician y me asean y entre las cuales voy a morir dentro de un rato.

2-Héroe para nada

“Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca”, decías con tu voz de locutora. Siempre fue así: cuando metí los dedos en aquel enchufe y también cuando me lancé colina abajo con la vieja bicicleta de padre. Tú asistías complacida y ansiosa a mis trastadas. Sabías que no había nada tan estimulante para mí como que dijeran que no era capaz de hacer algo. Pero te juro, madre, que esta vez va a ser la última.


lunes, 9 de febrero de 2015

El undécimo mandamiento



Semana 18 del concurso Relatos en cadena de @laventana y @deescritores. La frase de inicio era: “Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio”. Y esta es mi propuesta. Espero que os guste. 


“Le faltarán, al menos, un par de centímetros para alcanzar la barra del trapecio”, le decía mi padre a mi madre mientras le guiñaba un ojo. Ella sonreía, cómplice, porque sabía que él había hecho otro nudo en la cuerda del columpio para que estuviera más alto, en un ritual que se repetía año tras año. Ahora me gustaría que supieran que he aprendido a estirarme todo lo que puedo y que, si me pongo de puntillas, ya soy capaz de rozarlo con la punta de los dedos.