lunes, 14 de diciembre de 2015

La sorprendente historia de dos viejos por fin realizados

Semana 11 del concurso "Relatos en cadena", organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "Van a ir a comprarse un vestido nuevo y un helado". Y esta fue mi propuesta ( lo breve, si breve, dos veces breve).


Van a ir a comprarse un vestido nuevo y un helado. El helado es para ella. El vestido, para él.

sábado, 12 de diciembre de 2015

SÁBADO



En cuanto despierta sabe que no es un día como otro cualquiera. Primero, por la hora (se ha levantado un poquito más tarde); luego, por el vestido: hoy no es necesario ponerse ese feo uniforme del colegio como quien se pone un hábito. Su madre ha abierto las ventanas y anda con el plumero quitando todas las motas de polvo, reales o imaginarias, que encuentra en su camino. La niña sabe que esa luz de principio de invierno que se cuela por los ventanales será única y que tendrá que retenerla en su memoria para revivirla. El padre ha ido a almorzar al bar con los vecinos, esa costumbre tan nuestra que ese día especial también se prolonga un rato más. Madre o hija irán al mercado (no tienen más que cruzar la calle), un lugar que todavía tiene algún sentido. Probablemente, la madre cocinará macarrones o asará un pollo en el horno. Alguien compró el viernes una tableta de chocolate y ella y sus hermanas la devorarán en cuanto acaben de comer, sentadas frente al televisor viendo alguna película de Danny Kaye. Aún no tienen edad para salir a tomar café con sus amigas. O quizá sí. Pero no lo hacen. Hay una luz violeta que se cuela por la claraboya de la casa, una casa cerrada, construida con tan poca luz que ella ha ido avanzando a tientas hasta aquí, apenas iluminada por el recuerdo de aquel sábado de invierno.

martes, 8 de diciembre de 2015

Una de dos

 
Semana 10 del concurso "Relatos en cadena", organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "Las besa con suma conciencia para no equivocarse". Y en menos de cien palabras... Ésta ha sido mi propuesta.
 
Las besa con suma conciencia para no equivocarse aunque ni siquiera el café doble que se acaba de tomar logra disipar en su cabeza la bruma de la noche. Olivia y Joan, Joan y Olivia. Últimamente, sus sueños eróticos son tan reales...
 

lunes, 9 de noviembre de 2015

Ley de vida



Semana 8 de la IX Edición de Relatos en cadena de @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos", y en menos de cien palabras, esta ha sido mi propuesta.


Ley de vida

Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos después de haberles arropado y de haberles dado un beso, la tibieza de la piel sonrosada todavía en los labios, el tacto sedoso del cabello infantil aún en los dedos. Todas ellas tienen una sonrisa triste porque saben que esta es la última noche que arropan, besan y tocan: mañana ellos ya serán hombres que huyen de sus madres.

lunes, 5 de octubre de 2015

Ella tenía ojos de Ana Torrent

                   Fotograma de la película "El espíritu de la colmena", de V. Erice.

Cuarta semana del concurso Relatos en cadena, que organiza @laventana y @deescritores. En esta ocasión, la frase de inicio era "El puñetero ojo de la cerradura". Y pensé en los ojos de Ana Torrent. En menos de cien palabras, esta es la historia que escribí: 

El puñetero ojo de la cerradura era demasiado pequeño para conseguir ver nada. O quizá el miedo de Vivian era mayor que la curiosidad por descubrir lo que pasaba en esa habitación donde su madre se encerraba, cada día, durante un par de horas. Cuando los ruidos cesaban y la puerta se abría, la niña sabía que ya era hora de comer.

martes, 22 de septiembre de 2015

El cobarde temerario


Tercera semana de la IX edición del concurso "Relatos en cadena" de la SER, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "¡Cuánta fuerza y qué poca puntería". Y en menos de cien palabras...

El cobarde temerario 

¡Cuánta fuerza y qué poca puntería! La frase le martilleaba una y otra vez en la cabeza. Aquella voz punzante le taladraba el cráneo con la precisión de un cirujano y se abría paso entre las diversas capas del cerebro hasta quedar incrustada en su lóbulo frontal. Ella era la culpable de haberle inoculado ese veneno, palabra tras palabra, día tras día. Por eso no tuvo más remedio que llevarse a la niña. Veremos qué se le ocurre decir ahora cuando se entere de lo que ha hecho y compruebe lo equivocada que estaba.

Quien ríe el último...

“¡Cuánta fuerza y qué poca puntería!” es una de las típicas expresiones de mi mujer. Por la noche, en el sofá, exclama ¡quien mucho abarca, poco aprieta! y entonces sé que he cometido algún error y que hay que irse a dormir. Por la mañana no dice buenos días sino “más vale pájaro en mano que ciento volando” en un tono que me deja temblando toda la jornada. Créanme: hasta el hombre más bueno del mundo tiene un límite. Así que no quiero ni imaginar qué frases saldrán de su boca cuando sepa que me he largado y que además me he llevado a la niña. 

lunes, 15 de junio de 2015

El funcionario

                                               Fotograma de la película El francotirador

Semana 32 del concurso Relatos en cadena de @laventana y @deescritores. La frase de inicio era “Volví a enfocar su figura uniformada en la mirilla del rifle”. Y en menos de cien palabras...

El funcionario

Volví a enfocar su figura uniformada en la mirilla del rifle. Apreté el gatillo y el hombre cayó. Su mirada vacía se quedó flotando en el aire durante un buen rato. Pero yo ya no estaba allí.
Abrí la nevera. Solté una maldición. Algún cabrón se había bebido la última cerveza.
Regresé a la torreta. Esa sed no se me iba a pasar en todo el día.
 
El trofeo
Volví a enfocar su figura uniformada en la mirilla del rifle. El corazón me latía desbocado y gotas de un sudor frío me resbalaban por la frente. Notaba la boca pastosa y un pitido en los oídos. Sólo me quedaba una oportunidad. Procuré calmar el temblor de las manos y disparé. El soldado cayó como un muñeco. Paula intentó cogerme  de la mano.
-Papá, ¿he ganado el peluche?
 
 

 

 

lunes, 8 de junio de 2015

Querer es querer querer


 Semana 31 de la VIII edición del concurso Relatos en cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La a frase de inicio era  "Salió, sigilosa, a estirar las piernas". Y en menos de cien palabras...

Salió, sigilosa, a estirar las piernas. Las notaba entumecidas después de tanto rato en la cama fingiendo que dormía. Pensó que hicieron bien en comprar aquella casa en el campo porque ahora podía salir al exterior y, casi a oscuras, dar vueltas por el jardín. Sacó el paquete de tabaco de su escondrijo. Se repitió que tendría que dejarlo. Mientras se encendía el segundo, sopesó una posibilidad. Después, otra. Se imaginó dando un beso a sus hijos y dejando una nota. Casi al alba, decidió que era hora de volver a la cama. Quizá pusiera lentejas para comer.

lunes, 11 de mayo de 2015

Cherchez la femme



Semana 28 del concurso Relatos en cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era : “Ya no podíamos contar con él”. Y en menos de cien palabras...


1-Cherchez la femme
Ya no podíamos contar con él, me advertían los colegas en sus cartas. Que el Juanca está cambiado, me decían, que ya no es el que era. Se había  echado novia -cajera de un súper- y apestaba a colonia de marca. Y ya no iba a los billares. Hasta que salí, yo siempre lo defendía. Pero tuve que acabar dándoles la razón cuando lo vi bajando de un Mercedes blanco en vez de empotrarlo contra el escaparate de la joyería.
 
2-Los Ulises
Ya no podíamos contar con él, ni nunca tendríamos que haberlo hecho. Deberíamos habernos tapado los oídos para no escuchar sus suaves y acarameladas palabras y habernos atado a la pata de la cama para no acudir a sus llamadas. Pero es demasiado tarde. La policía amenaza con echar la puerta abajo si no abandonamos la vivienda inmediatamente.


 
 




 
 
 
 
 
 
 

 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Curso del 89





La intención de seguir siendo sólo amigos sucumbió aquella tarde de junio en la terraza del piso de estudiantes de Valencia. Dijiste que ya no te cabía ni un tema más de “Historia del pensamiento político y social”. Y cuando saliste del baño llevabas puesto un biquini de rayas azules y blancas que echó por tierra todos mis propósitos.

(Microrrelato extraviado de la semana 26 de Relatos en cadena. La frase de inicio era "La intención de seguir siendo sólo amigos").

lunes, 4 de mayo de 2015

Mejor el silencio


Semana 27 de la VIII edición del concurso Relatos en cadena, organizado por @laventana y @deescritores . La frase de inicio era: “El incómodo cadáver del mediador familiar”. Y en menos de cien palabras...


El incómodo cadáver del mediador familiar había acabado por convertirse en un elemento más de la decoración del salón. Lo habían arrumbado en un rincón junto a los otros y al horroroso cisne de porcelana que les regaló la tía Paquita para su boda. Por la noche, en silencio, arrastraban el sofá hasta el otro extremo de la habitación y se sentaban a ver la tele lejos de los muertos. El problema era que habían empezado a heder, pero si se dirigían la palabra de nuevo acabarían por volver a discutir. ¿Y a quién matarían esta vez?

domingo, 26 de abril de 2015

Carmen, la chilena

En el número 29 de la revista GURB mis colegas han escrito sobre Rodrigo Rato (solo o en compañía de otros). También yo tenía alguna idea que aportar sobre él. Pero una muerte se ha cruzado en mi camino. Así que en lugar de Rodrigo, el rata, he escrito sobre Carmen, la chilena. Es un pequeño homenaje a esas personas que desprenden luz, y cuya ausencia no deja en la más dolorosa oscuridad. L'Avi, mi queridísimo compañero en GURB, ha sabido plasmar mi relación con Carmen en esta tierna viñeta.



Finalmente, no te has muerto en febrero sino en abril para que una ignorante como yo pueda escribir aquello de “abril es el mes más cruel”, que escribió T. S. Eliot y dicen que cantaban Danza Invisible. La vida ha seguido unos cuantos días desde que tú no estás y yo no sabía que tú no estabas. Así que hasta esta mañana no he sabido de la crueldad de este mes de abril y esa ignorancia no hace sino aumentar mi pena y mi dolor.

Me cuentan que a tu entierro ha ido todo el pueblo, todo el pueblo menos yo porque alguien con buena intención ha querido ahorrarme ese trago. Pero lo comprendo: al fin y al cabo, ya nos habíamos despedido aquel día de febrero en el que fui a verte sabiendo que sería la última vez. Tus transparentes ojos azules me observaron con cariño mientras yo te miraba, casi de reojo, con mis vulgares ojos marrones. De reojo, para que no te dieras cuenta de cómo se me humedecían ni del esfuerzo que estaba haciendo por contener las lágrimas. Como siempre, saqué el pañuelo del disimulo, murmuré algo de las lentillas y de la alergia y tú, dando por concluida la conversación, con esa voz tierna y cansada que tenías en los últimos días, me dijiste “pero hay algo que me ayuda”, como si con esa frase quisieras completar mi pensamiento, como si con esas palabras quisieras consolarme, como si quisieras que tu fe pudiera servirme de bálsamo a mí, y no a ti. Nuestras últimas palabras.

“Es ley de vida”, “se ha ido sin sufrir”, “era muy mayor”, “al menos, no ha sido larga la agonía”. Todas estas cosas y otras parecidas se dicen de los viejos que se mueren. Los viejos no le importan a nadie. Se mueren a puñados, como es natural. Y quienes lo dicen parecen ignorar que cerrarán los ojos un día, un leve parpadeo, y que cuando los vuelvan a abrir también serán unos viejos que no importan a nadie.

Eras una vieja, Carmen, tenías que morirte. Y sin embargo si alguien encajaba como la mano en un guante en el adjetivo “vital” eras tú. Y eso que tuviste una vida tan difícil… el abandono, la orfandad, la guerra, la traición, la enfermedad y la pérdida de los hijos. Viviste en tres países y en todos ellos hiciste amigos que te adoraron (escucho desde aquí cómo te lloran en Palo Alto y en Dolores Hidalgo). Sin haber ido apenas a la escuela, eras más sabia más que todos nosotros juntos. Sobre todo aprendiste una cosa: que vivir es resistir. Y ese lema era como una bandera con la que nos envolvías cada vez que nos quejábamos por el frío.

Eras una vieja, Carmen, tenías que morirte. Y contigo se me han muerto todos mis muertos, todos a los que amé y se me olvidó decírselo porque pensé que tendría tiempo, porque me daba vergüenza, porque mi pañuelo del disimulo ya entonces servía también para eso.

Miro las fotografías que tú me regalaste y te veo tan pequeña y tan seria… Cuánta vida hay en esos rectángulos de papel amarillento. Tú te has ido pero ellas continúan hablándome de ti aunque no puedo mirarlas sin llorar, ni tampoco sea capaz de escuchar las grabaciones que tengo con tu voz. Dicen que el encuentro con algunas personas te cambia la vida y te transforma. Estupideces. No soy mejor por haberte conocido: es el mundo el que me parece menos malo porque tú has estado en él.

Aquel febrero te abrí las puertas de mi casa y tú me abriste tu corazón en una relación tan desigual que nunca podré devolverte todo lo que me diste. Me contaste tu historia, me confesaste cosas que jamás habías dicho a nadie, me trataste como a tu nieta más querida aunque no fuéramos ni familia. Me diste amor, esa palabra tan sobada que ha acabado por no significar nada. ¿Cómo se pueden querer dos personas que apenas hace un año que se conocen? Es un misterio, como todo lo que envuelve a ese sentimiento.

Pero me querías. Desde el primer día que llamaste al timbre de mi casa y subiste hasta la cocina donde yo ya estaba preparando el café. Durante meses me fuiste desgranando tu historia, relatos de tu vida que yo escuchaba casi siempre horrorizada y conmovida. No sé por qué quisiste contármelo a mí. No sé por qué quisiste que yo soportara la carga de tus recuerdos. “Otra batallita que no importa a nadie de una vieja que no importa a nadie”. Podría escribir que es una putada que te hayas muerto, como si fuera un hecho evitable. Pero la putada fue conocerte porque si eso no hubiera sucedido ahora no estaría sufriendo por el peso de tu ausencia y por la responsabilidad que has dejado en mis manos. Porque te debo una, Carmen. Así que tendré que hacer aquello que acordamos porque no sería honrado que me acogiera una vez más a mi cobardía para dejar la tarea sin acabar. A mí sí me importa esta vieja que se ha muerto. Sí me importa. Sí.

Se me han muerto todos mis viejos, Carmen, también tú. Aunque creo que a ti sí que te dije que te quería, ¿recuerdas? Fue aquella tarde en la cocina de mi casa en que me enseñaste que vivir es resistir.

 

lunes, 20 de abril de 2015

Sucumbir


Semana 26 de la VIII edición del concurso Relatos en Cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "La intención de seguir siendo sólo amigos". Y en menos de cien palabras...

Amigovios

La intención de seguir siendo sólo amigos sucumbía todos los viernes de nueve a diez.

Extraños compañeros

La intención de seguir siendo sólo amigos se venía abajo cada vez que él aparecía en la inmensa sala de conferencias con el botón de la camisa desabrochado. Lo había intentado evitar de todas las maneras imaginables. Pero sabía con certeza que esa relación griego-germana iba a seguir en boca de todos durante mucho tiempo.

La verdulera

La intención de seguir siendo sólo amigos se tambaleaba cada vez que ella le saludaba por su nombre y lo hacía pasar delante en la cola. Él se ponía colorado como un adolescente -¡a sus años!- y clavaba la vista en las manos de ella mientras le escogía los tomates más hermosos

lunes, 13 de abril de 2015

Los trabajos y los días

 
Semana 25 de la VIII edición de Relatos en cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "Procuraba no perder sujetándole las nalagas". Y en menos de cien palabras...

Procuraba no perder, sujetándole las nalgas, el equilibrio. Era ella la que se movía rítmicamente mientras le clavaba las uñas en el culo. Sabía que aquello acabaría pronto. Y así fue: en apenas dos minutos cesó toda actividad en el asiento de atrás del coche. La mujer se hizo a un lado y se recompuso la ropa. Con los dientes abrió una horquilla y se recogió un mechón que se le había escapado de la cola de caballo. Mientras, por el rabillo del ojo comprobó que en la esquina, en penumbra, esperaba la vieja con el bebé que dormía protegido en el carrito.  

 

sábado, 11 de abril de 2015

La resonancia


 
Es agradable ir al hospital en sábado por la mañana. El aparcamiento está medio desierto a estas horas y no hay apenas movimiento de conductores, desesperados buscando un hueco. El sábado es un día en el que sólo habría que ir al hospital a conocer a un niño que ha nacido o incluso a parirlo tú misma. Nadie debería morirse en sábado. Sólo nacer y reproducirse.
En información pregunto dónde está la sala de resonancias.
-Por esa puerta, a la izquierda, casi al final del pasillo.

Un cartel con una flecha me indica el lugar y paso a la sala de espera. En la habitación sólo hay una persona, un hombre que observa fijamente la pantalla de su teléfono móvil, intuyo que esperando alguna respuesta.

Saludo y me siento en el extremo más alejado de él. Encima del mostrador hay un letrero que dice que a los pacientes se les irá llamando por turno. Se les pide que esperen sentados. Me apetece completar la orden y escribir “y no se les ocurra hacer ninguna tontería”. No lo hago, claro.

Después de unos minutos la puerta de la sala de resonancias se abre y aparece una mujer. El hombre levanta por fin la vista del teléfono.
-¿Ya está?

-Sí.

Ahora es ella la que saca el móvil del bolso y llama.

-Papi, ya he acabado. ¿Dónde nos vemos?
La mujer tiene unos cuantos años más que yo pero llama a su padre papi. Siempre me han reprochado que sea poco cariñosa. Y es que así no se puede.

Una enfermera joven, rubia y con piercing, un arito en la aleta izquierda de la nariz, dice mi nombre. La corrijo.

-Es Sanchis, no Sanchís.
Rectifica sin molestarse.

-Pasa a la cabina 2.
Paso.

Allí en la puerta comienza el interrogatorio.

-¿Alguna cosa de hierro en el cuerpo?

A veces, el corazón, estoy a punto de decirle. Creo que no lo entendería así que me limito a negar con un gesto.

-¿Peso?

-No tengo ni idea. Entre 50 y 60.

Me mira con expresión de a quién quieres engañar. Pero anota una cifra en el formulario.

-Te vamos a tener que poner un contraste.

La miro con cara de susto.

-Es como un gotero. Así podemos ver cómo pasa el líquido por las zonas de tu cabeza que hay que examinar.

Me quedo más tranquila.

-Quítate la ropa menos las braguitas y los calcetines y ponte esta bata y estos peucos.

Braguitas. Peucos. Por un momento casi me convenzo de que me van a hacer un masaje para los cólicos del lactante.

Cierro la puerta y obedezco.

-¿Ya estás? Vamos.

Otra mujer con bata blanca me espera unos metros más allá.

-Hala, túmbate aquí y pon la cabecita allí.

Aquí es una camilla y un gran tubo blanco en el que me temo que me van a introducir.

La chica del piercing me pincha en el brazo. Mientras, la otra me va poniendo unos cascos en las orejas y encierra mi cabeza en una especie de máscara cuadrada de acero. Intento hacer una broma. Digo algo de las arrugas y de una muela picada. Ninguna de las dos parece haberme escuchado.

-Sobre todo tienes que estar muy quieta. Si notas que te encuentras mal, aprieta este timbre.

Y la mujer sin piercing me da una especie de sacamocos de goma que cojo con la mano izquierda.

-No tienes que sentir nada extraño. Sólo escucharás ruidos. La prueba va a ser un poquito larga.

-¿Cuánto de larga?

No me responde. Considera que los dos diminutivos que ha pronunciado –cabecita, poquito- tienen que proporcionarme la tranquilidad suficiente.

De pronto, la camilla se desliza hacia el tubo y yo cierro los ojos. Soy consciente de que estoy en un agujero del que no voy a poder salir en bastante rato (“la prueba es un poquito larga”). Pienso que la vida es como una mujer con los ojos apretados tumbada en una camilla que se desliza: si resiste la prueba, todo acabará tarde o temprano. Si no, un timbre encerrado en un sacamocos de goma la interrumpirá. Vivir es resistir, me digo como tantas otras veces.  

Intento pensar en algo agradable. La última imagen que he visto en el móvil es la de unas manos sujetando claveles rojos, y el último sonido, el de un hombre que decía “vamos a cerrar los ojos”. Me concentro en eso, en no abrir los ojos. Hago fuerza con los párpados para que no se me escape esa belleza. Sé que si los abro tendré que pulsar el timbre.

Mis oídos están ahora llenos de sonidos. Sonidos metálicos que parecen un ensayo de Kraftwerk; otros, cadenciosos como el ruido de un tren; la mayoría, puntiagudos como un cuchillo. Duran unos segundos, cesan, y vuelta a empezar. Ahora esas voces me están diciendo comecomecomecome y al minuto siguiente, upedeupedeupedeupede. Parece un sistema de publicidad subliminal y retorcida de UPyD para conseguir votos. Está a punto de darme la risa. Consigo que sólo se me mueva el pie derecho.

Las voces continúan resonando en mi cabeza. Comprendo ahora por qué se llama a esto resonancia. Sigo con las tentaciones de abrir los ojos pero no lo hago. Empiezo a notar los brazos entumecidos, la espalda agarrotada.

En caso de duda, haz periodismo, recordó Juan Cruz que decía Augusto Delkáder. No sé por qué me acude la memoria ese artículo de El País, precisamente en este momento en que estoy atrapada en este túnel donde andan desbocados mis moléculas, mis átomos y mis núcleos. En caso de miedo, haz literatura. En caso de pánico, haz literatura.

El siguiente ruido que escucho es como el de los estertores de la agonía. O del orgasmo, pienso a continuación, sin poderlo evitar. Estoy a punto de curvar los labios hacia arriba. Pero me detengo justo a tiempo.

Han pasado mil horas. En algún momento tendrá que acabar este tormento. Pero no parece que eso vaya a suceder de inmediato.

Mi mente se ha ido a la playa de los Muertos, en el Cabo de Gata. Es el lugar que suelo visualizar para relajarme. La palidez del sol de aquel día de septiembre, la agradable brisa, el agua turquesa y la arena amarilla. Todo permanece intacto en mi memoria, salvo que aquella que estuvo allí ya no soy yo. Ni siquiera sé si aquella que estuvo allí era yo o una extraña que había usurpado mi cuerpo, como ahora los ruidos de la máquina y el líquido del goteo me roban los pensamientos.

Empiezo a recordar cosas absurdas. Por ejemplo, al hermano de una tía lejana que se encontró a su mujer en la cama con otro. Eso sucedió hace tantos años que ni siquiera comprendía de qué estaban hablando esos adultos que pronunciaban nombres en susurros y palabras prohibidas. Evoco otros susurros. Tengo ganas de salir de allí y tomar un café. Pero sólo noto un sabor metálico en la boca.

Se hace el silencio. Los ruidos han acabado. Los brazos me pesan una tonelada. La camilla se desliza hacia la luz. Abro los ojos. La mujer sin piercing me ayuda a levantarme.

-Lo has hecho muy bien.

Le aseguro que más me vale, porque no pienso repetir la experiencia. Ella sonríe, por fin, y yo también.

Vuelvo a la cabina número dos y me visto. Compruebo en el reloj que  no ha pasado ni una hora desde que llegué al hospital, desde que pensé que el sábado es un buen día para que nazcan los niños, desde que pude aparcar sin agobios y empezó a nublarse.

Y me pregunto si esas dos mujeres de bata blanca habrán podido leer mis pensamientos.

  

lunes, 6 de abril de 2015

Un hombre sin atributos



Semana 24 de la VIII edición del concurso Relatos en cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "A cada vuelta del tambor de la lavadora". Y en menos de cien palabras...


A cada vuelta del tambor de la lavadora se le representaban más nítidos los detalles de lo que acababa de suceder: la mirada  de sorpresa de ella y sus propias manos temblorosas. El gesto de desprecio de su mujer -“después de todo lo que he hecho por ti”- lo acompañó, flotando, hasta casa de sus padres. Quería borrar esos años cuanto antes. En ello estaba cuando la máquina, súbitamente, se detuvo. Extrañado, desenroscó el filtro de la lavadora. Extrajo un grumo de papel sanguinolento: era la fotografía de ella. Un líquido apestoso le mojó las zapatillas. Era su conciencia que repetía como un eco aquella palabra: “cobarde”.

lunes, 23 de marzo de 2015

El cuaderno de Alejandro

 
Semana 23 de la VIII edición del concurso Relatos en Cadena organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era: “Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón”. Y en menos de cien palabras...
 
 
 
1-El cuaderno de Alejandro
 
Todo estaba dibujado en aquella pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Cualquiera podía seguir el rastro de sus pensamientos con tan sólo hojearla; por eso ponía mucho cuidado en no extraviarla y se cercioraba una y otra vez de que seguía en su sitio. En la primera página, con letra vacilante, estaba escrito: hoy he conocido a Emma. Unas páginas después: me gustan sus jerséis de lunares y su coleta rubia. Más adelante: me ha mirado en el almuerzo. Confiaba en que el cuaderno –Alejandro López, Primaria, 4ºB- le durara hasta el día luminoso en que ella le sonriera por primera vez.
 
 
2-El hombre de los caramelos
Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón, oculta como una lista secreta de cosas que lo perturbaban pero a las que no podía renunciar. Una pulsión oscura lo llevaba cada tarde al bosque y allí se sentaba a esperar en el mismo banco. Cuando llegaba la hora se sacaba la libreta del escondrijo y discretamente iba pintando: una melena rubia, una falda corta, unas zapatillas rosa. Cuando acababa el dibujo guardaba el manoseado cuaderno en el lugar acostumbrado y, con pasos silenciosos, abandonaba el parque. Caía la noche, su sombra se alargaba. Mañana, sin falta, llevaría caramelos.
 
3-El adjunto
Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. La sacó y la abrió por la primera página. Deslizó las gafas hasta el borde de la nariz y leyó: Amelia. Chupó la punta del lapicero y puso una equis junto a ese nombre. “Acaba hoy”. El siguiente: Antonio. Garabateó un círculo. “Renueva”. Cada gesto de esa jornada le recordaba dolorosamente a aquellas silenciosas cenas con sus padres cada cuatro semanas cuando volvía del seminario.
-Estudia y hazte un hombre de provecho- le decía su madre en cada visita.
Así lo hizo pero éste era un trabajo de mierda y, como entonces, seguía odiando los últimos viernes de mes.
 

lunes, 16 de marzo de 2015

Sueños de tiza


Semana 22 de la VIII edición del concurso Relatos en Cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "Pintando aquellos extraños bisontes". Y en menos de cien palabras...


Pintando aquellos extraños bisontes en la pared rocosa la tarde se hacía más corta. Dibujé una casa con sol, pinté un amigo. Cayó la noche sobre el descampado. Mi madre me llamó para cenar y allí fuera, bajo la luz pálida de las estrellas, en silencio comimos el bocadillo. Al volver a la chabola ninguna de esas cosas se había convertido en realidad.

lunes, 9 de marzo de 2015

Seguía atrapado ahí dentro



 
 
Semana 21 de la VIII edición de Relatos en cadena de @laventana y @deescritores. La frase de incio era "Seguía atrapado ahí dentro". Y estas son mis propuestas.
 
1-La modelo

Seguía atrapado ahí dentro, justo donde el plexo solar. Años de tratamiento y de terapia, de psiquiatras y psicólogos, no habían conseguido diluir ese peso sino tan sólo mantenerla con vida. Pero qué vida era ésta: sumas y restas; gramos de comida y miligramos de medicamentos. Su cabeza era como un fabuloso centro de operaciones capaz de poner todos sus sentidos a trabajar con un único fin: había que alimentar a aquel monstruo que iba ocupando el vacío que dejaba ella. Hasta que fue tan ligera como una pluma y el viento la arrastró.
 

 
2- La hermana pequeña 
 
Seguía atrapado ahí dentro, igual que hacía cuatro años. Volvió a su vida de la manera más tonta: se casaba la mayor y la casa se convirtió en un hervidero. Quizá por eso sus padres habían bajado la guardia. De nuevo intentó disimular su languidez, sus mejillas hundidas y sus manos siempre frías. El cabello empezó a caérsele a puñados.
-Pareces cansada-, dijo distraídamente su madre mientras abría uno de los regalos.
-Nervios por la boda-, balbuceó ella.
 Y empezó a buscar aquel viejo trapo negro con el que solía tapar el espejo de su habitación.
 
3-Zander y Leelah
 
 
Seguía atrapado ahí dentro, como siempre. Ni siquiera encontrarla a ella había conseguido esponjar aquel nudo en su garganta que amenazaba con asfixiarlo. Leelah era su novia, tan bonita que mirarla hacía daño a los ojos. Él se llamaba Zander y había nacido en un cuerpo que no le aceptaba. Por eso siempre estaba enfermo. Tenían quince años, el mundo en contra y ya no soportaban más ese encierro. La decisión estaba tomada. Dejaron una nota en la que decían que por fin iban a ser libres. Y a amarse.
 
4-Maneras de vivir

 
Seguía atrapado allí dentro, agazapado, esperando la hora. Dieron las doce y después la una. Atisbó por la rendija cómo se acercaban los viejos y polvorientos zapatos negros y que una mano dejaba una bandeja en la puerta como de costumbre. Pasados unos minutos el hombre abrió y cogió la comida, ávidamente y con recelo. Quizá se atreviera otro día aunque no podía ni imaginar de qué iba a vivir fuera de esa habitación en la penumbra.

 
 

 
 

 

lunes, 2 de marzo de 2015

Paracaidistas


Semana 20 de la VIII edición de Relatos en Cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio que dejó el gran Juan Antonio Vázquez es "A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar, como antes". Y esta es mi propuesta:


A nadie se le ocurrirá que sólo quiso volar, como antes de caer enferma. Dirán que no era más que una vieja que miraba por la ventana y que sabía que iba a morir. Sus amigas se santiguarán y sus hijos bajarán la mirada, avergonzados. Pero ellos comprenderán que el dolor era tan lacerante que solamente quiso experimentar esa sensación una vez más. Literalmente. Aunque fuera la última.

 

 

sábado, 28 de febrero de 2015

Febrero

 
 

Si voy a morir no quiero
que el aire enrede mis cabellos;
si voy a morir no quiero
que florezcan los almendros
ni leer mis libros tristes.
Si voy a morir no quiero
ni lápices, ni carmines.
Si no voy a vivir otro febrero
que no me miren más tus ojos
para que esa ausencia no amanezca cada día en tu mirada


lunes, 16 de febrero de 2015

Un recuerdo y el olvido



Semana 19 de la VIII edición del concurso Relatos en cadena que organiza @laventana y @deescritores. La frase de inicio era: “Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca". Y estas han sido mis propuestas. 


1-Un recuerdo y el olvido


¡Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca!, decías con tu vocecita de niño listo, imitando al jefe de pista mientras jugabas con el circo de los clicks. Te pasabas horas y horas en el cuarto de los juguetes, imaginando historias, solo y tranquilo, aunque yo te echaba un ojo de vez en cuando. Con qué nitidez recuerdo esa imagen de tu infancia, Pedro, y sin embargo no puedo reconocer de quién son esas manos que me acarician y me asean y entre las cuales voy a morir dentro de un rato.

2-Héroe para nada

“Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca”, decías con tu voz de locutora. Siempre fue así: cuando metí los dedos en aquel enchufe y también cuando me lancé colina abajo con la vieja bicicleta de padre. Tú asistías complacida y ansiosa a mis trastadas. Sabías que no había nada tan estimulante para mí como que dijeran que no era capaz de hacer algo. Pero te juro, madre, que esta vez va a ser la última.