lunes, 13 de abril de 2015

Los trabajos y los días

 
Semana 25 de la VIII edición de Relatos en cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "Procuraba no perder sujetándole las nalagas". Y en menos de cien palabras...

Procuraba no perder, sujetándole las nalgas, el equilibrio. Era ella la que se movía rítmicamente mientras le clavaba las uñas en el culo. Sabía que aquello acabaría pronto. Y así fue: en apenas dos minutos cesó toda actividad en el asiento de atrás del coche. La mujer se hizo a un lado y se recompuso la ropa. Con los dientes abrió una horquilla y se recogió un mechón que se le había escapado de la cola de caballo. Mientras, por el rabillo del ojo comprobó que en la esquina, en penumbra, esperaba la vieja con el bebé que dormía protegido en el carrito.  

 

sábado, 11 de abril de 2015

La resonancia


 
Es agradable ir al hospital en sábado por la mañana. El aparcamiento está medio desierto a estas horas y no hay apenas movimiento de conductores, desesperados buscando un hueco. El sábado es un día en el que sólo habría que ir al hospital a conocer a un niño que ha nacido o incluso a parirlo tú misma. Nadie debería morirse en sábado. Sólo nacer y reproducirse.
En información pregunto dónde está la sala de resonancias.
-Por esa puerta, a la izquierda, casi al final del pasillo.

Un cartel con una flecha me indica el lugar y paso a la sala de espera. En la habitación sólo hay una persona, un hombre que observa fijamente la pantalla de su teléfono móvil, intuyo que esperando alguna respuesta.

Saludo y me siento en el extremo más alejado de él. Encima del mostrador hay un letrero que dice que a los pacientes se les irá llamando por turno. Se les pide que esperen sentados. Me apetece completar la orden y escribir “y no se les ocurra hacer ninguna tontería”. No lo hago, claro.

Después de unos minutos la puerta de la sala de resonancias se abre y aparece una mujer. El hombre levanta por fin la vista del teléfono.
-¿Ya está?

-Sí.

Ahora es ella la que saca el móvil del bolso y llama.

-Papi, ya he acabado. ¿Dónde nos vemos?
La mujer tiene unos cuantos años más que yo pero llama a su padre papi. Siempre me han reprochado que sea poco cariñosa. Y es que así no se puede.

Una enfermera joven, rubia y con piercing, un arito en la aleta izquierda de la nariz, dice mi nombre. La corrijo.

-Es Sanchis, no Sanchís.
Rectifica sin molestarse.

-Pasa a la cabina 2.
Paso.

Allí en la puerta comienza el interrogatorio.

-¿Alguna cosa de hierro en el cuerpo?

A veces, el corazón, estoy a punto de decirle. Creo que no lo entendería así que me limito a negar con un gesto.

-¿Peso?

-No tengo ni idea. Entre 50 y 60.

Me mira con expresión de a quién quieres engañar. Pero anota una cifra en el formulario.

-Te vamos a tener que poner un contraste.

La miro con cara de susto.

-Es como un gotero. Así podemos ver cómo pasa el líquido por las zonas de tu cabeza que hay que examinar.

Me quedo más tranquila.

-Quítate la ropa menos las braguitas y los calcetines y ponte esta bata y estos peucos.

Braguitas. Peucos. Por un momento casi me convenzo de que me van a hacer un masaje para los cólicos del lactante.

Cierro la puerta y obedezco.

-¿Ya estás? Vamos.

Otra mujer con bata blanca me espera unos metros más allá.

-Hala, túmbate aquí y pon la cabecita allí.

Aquí es una camilla y un gran tubo blanco en el que me temo que me van a introducir.

La chica del piercing me pincha en el brazo. Mientras, la otra me va poniendo unos cascos en las orejas y encierra mi cabeza en una especie de máscara cuadrada de acero. Intento hacer una broma. Digo algo de las arrugas y de una muela picada. Ninguna de las dos parece haberme escuchado.

-Sobre todo tienes que estar muy quieta. Si notas que te encuentras mal, aprieta este timbre.

Y la mujer sin piercing me da una especie de sacamocos de goma que cojo con la mano izquierda.

-No tienes que sentir nada extraño. Sólo escucharás ruidos. La prueba va a ser un poquito larga.

-¿Cuánto de larga?

No me responde. Considera que los dos diminutivos que ha pronunciado –cabecita, poquito- tienen que proporcionarme la tranquilidad suficiente.

De pronto, la camilla se desliza hacia el tubo y yo cierro los ojos. Soy consciente de que estoy en un agujero del que no voy a poder salir en bastante rato (“la prueba es un poquito larga”). Pienso que la vida es como una mujer con los ojos apretados tumbada en una camilla que se desliza: si resiste la prueba, todo acabará tarde o temprano. Si no, un timbre encerrado en un sacamocos de goma la interrumpirá. Vivir es resistir, me digo como tantas otras veces.  

Intento pensar en algo agradable. La última imagen que he visto en el móvil es la de unas manos sujetando claveles rojos, y el último sonido, el de un hombre que decía “vamos a cerrar los ojos”. Me concentro en eso, en no abrir los ojos. Hago fuerza con los párpados para que no se me escape esa belleza. Sé que si los abro tendré que pulsar el timbre.

Mis oídos están ahora llenos de sonidos. Sonidos metálicos que parecen un ensayo de Kraftwerk; otros, cadenciosos como el ruido de un tren; la mayoría, puntiagudos como un cuchillo. Duran unos segundos, cesan, y vuelta a empezar. Ahora esas voces me están diciendo comecomecomecome y al minuto siguiente, upedeupedeupedeupede. Parece un sistema de publicidad subliminal y retorcida de UPyD para conseguir votos. Está a punto de darme la risa. Consigo que sólo se me mueva el pie derecho.

Las voces continúan resonando en mi cabeza. Comprendo ahora por qué se llama a esto resonancia. Sigo con las tentaciones de abrir los ojos pero no lo hago. Empiezo a notar los brazos entumecidos, la espalda agarrotada.

En caso de duda, haz periodismo, recordó Juan Cruz que decía Augusto Delkáder. No sé por qué me acude la memoria ese artículo de El País, precisamente en este momento en que estoy atrapada en este túnel donde andan desbocados mis moléculas, mis átomos y mis núcleos. En caso de miedo, haz literatura. En caso de pánico, haz literatura.

El siguiente ruido que escucho es como el de los estertores de la agonía. O del orgasmo, pienso a continuación, sin poderlo evitar. Estoy a punto de curvar los labios hacia arriba. Pero me detengo justo a tiempo.

Han pasado mil horas. En algún momento tendrá que acabar este tormento. Pero no parece que eso vaya a suceder de inmediato.

Mi mente se ha ido a la playa de los Muertos, en el Cabo de Gata. Es el lugar que suelo visualizar para relajarme. La palidez del sol de aquel día de septiembre, la agradable brisa, el agua turquesa y la arena amarilla. Todo permanece intacto en mi memoria, salvo que aquella que estuvo allí ya no soy yo. Ni siquiera sé si aquella que estuvo allí era yo o una extraña que había usurpado mi cuerpo, como ahora los ruidos de la máquina y el líquido del goteo me roban los pensamientos.

Empiezo a recordar cosas absurdas. Por ejemplo, al hermano de una tía lejana que se encontró a su mujer en la cama con otro. Eso sucedió hace tantos años que ni siquiera comprendía de qué estaban hablando esos adultos que pronunciaban nombres en susurros y palabras prohibidas. Evoco otros susurros. Tengo ganas de salir de allí y tomar un café. Pero sólo noto un sabor metálico en la boca.

Se hace el silencio. Los ruidos han acabado. Los brazos me pesan una tonelada. La camilla se desliza hacia la luz. Abro los ojos. La mujer sin piercing me ayuda a levantarme.

-Lo has hecho muy bien.

Le aseguro que más me vale, porque no pienso repetir la experiencia. Ella sonríe, por fin, y yo también.

Vuelvo a la cabina número dos y me visto. Compruebo en el reloj que  no ha pasado ni una hora desde que llegué al hospital, desde que pensé que el sábado es un buen día para que nazcan los niños, desde que pude aparcar sin agobios y empezó a nublarse.

Y me pregunto si esas dos mujeres de bata blanca habrán podido leer mis pensamientos.

  

lunes, 6 de abril de 2015

Un hombre sin atributos



Semana 24 de la VIII edición del concurso Relatos en cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "A cada vuelta del tambor de la lavadora". Y en menos de cien palabras...


A cada vuelta del tambor de la lavadora se le representaban más nítidos los detalles de lo que acababa de suceder: la mirada  de sorpresa de ella y sus propias manos temblorosas. El gesto de desprecio de su mujer -“después de todo lo que he hecho por ti”- lo acompañó, flotando, hasta casa de sus padres. Quería borrar esos años cuanto antes. En ello estaba cuando la máquina, súbitamente, se detuvo. Extrañado, desenroscó el filtro de la lavadora. Extrajo un grumo de papel sanguinolento: era la fotografía de ella. Un líquido apestoso le mojó las zapatillas. Era su conciencia que repetía como un eco aquella palabra: “cobarde”.

lunes, 23 de marzo de 2015

El cuaderno de Alejandro

 
Semana 23 de la VIII edición del concurso Relatos en Cadena organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era: “Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón”. Y en menos de cien palabras...
 
 
 
1-El cuaderno de Alejandro
 
Todo estaba dibujado en aquella pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Cualquiera podía seguir el rastro de sus pensamientos con tan sólo hojearla; por eso ponía mucho cuidado en no extraviarla y se cercioraba una y otra vez de que seguía en su sitio. En la primera página, con letra vacilante, estaba escrito: hoy he conocido a Emma. Unas páginas después: me gustan sus jerséis de lunares y su coleta rubia. Más adelante: me ha mirado en el almuerzo. Confiaba en que el cuaderno –Alejandro López, Primaria, 4ºB- le durara hasta el día luminoso en que ella le sonriera por primera vez.
 
 
2-El hombre de los caramelos
Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón, oculta como una lista secreta de cosas que lo perturbaban pero a las que no podía renunciar. Una pulsión oscura lo llevaba cada tarde al bosque y allí se sentaba a esperar en el mismo banco. Cuando llegaba la hora se sacaba la libreta del escondrijo y discretamente iba pintando: una melena rubia, una falda corta, unas zapatillas rosa. Cuando acababa el dibujo guardaba el manoseado cuaderno en el lugar acostumbrado y, con pasos silenciosos, abandonaba el parque. Caía la noche, su sombra se alargaba. Mañana, sin falta, llevaría caramelos.
 
3-El adjunto
Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. La sacó y la abrió por la primera página. Deslizó las gafas hasta el borde de la nariz y leyó: Amelia. Chupó la punta del lapicero y puso una equis junto a ese nombre. “Acaba hoy”. El siguiente: Antonio. Garabateó un círculo. “Renueva”. Cada gesto de esa jornada le recordaba dolorosamente a aquellas silenciosas cenas con sus padres cada cuatro semanas cuando volvía del seminario.
-Estudia y hazte un hombre de provecho- le decía su madre en cada visita.
Así lo hizo pero éste era un trabajo de mierda y, como entonces, seguía odiando los últimos viernes de mes.
 

lunes, 16 de marzo de 2015

Sueños de tiza


Semana 22 de la VIII edición del concurso Relatos en Cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio era "Pintando aquellos extraños bisontes". Y en menos de cien palabras...


Pintando aquellos extraños bisontes en la pared rocosa la tarde se hacía más corta. Dibujé una casa con sol, pinté un amigo. Cayó la noche sobre el descampado. Mi madre me llamó para cenar y allí fuera, bajo la luz pálida de las estrellas, en silencio comimos el bocadillo. Al volver a la chabola ninguna de esas cosas se había convertido en realidad.

lunes, 9 de marzo de 2015

Seguía atrapado ahí dentro



 
 
Semana 21 de la VIII edición de Relatos en cadena de @laventana y @deescritores. La frase de incio era "Seguía atrapado ahí dentro". Y estas son mis propuestas.
 
1-La modelo

Seguía atrapado ahí dentro, justo donde el plexo solar. Años de tratamiento y de terapia, de psiquiatras y psicólogos, no habían conseguido diluir ese peso sino tan sólo mantenerla con vida. Pero qué vida era ésta: sumas y restas; gramos de comida y miligramos de medicamentos. Su cabeza era como un fabuloso centro de operaciones capaz de poner todos sus sentidos a trabajar con un único fin: había que alimentar a aquel monstruo que iba ocupando el vacío que dejaba ella. Hasta que fue tan ligera como una pluma y el viento la arrastró.
 

 
2- La hermana pequeña 
 
Seguía atrapado ahí dentro, igual que hacía cuatro años. Volvió a su vida de la manera más tonta: se casaba la mayor y la casa se convirtió en un hervidero. Quizá por eso sus padres habían bajado la guardia. De nuevo intentó disimular su languidez, sus mejillas hundidas y sus manos siempre frías. El cabello empezó a caérsele a puñados.
-Pareces cansada-, dijo distraídamente su madre mientras abría uno de los regalos.
-Nervios por la boda-, balbuceó ella.
 Y empezó a buscar aquel viejo trapo negro con el que solía tapar el espejo de su habitación.
 
3-Zander y Leelah
 
 
Seguía atrapado ahí dentro, como siempre. Ni siquiera encontrarla a ella había conseguido esponjar aquel nudo en su garganta que amenazaba con asfixiarlo. Leelah era su novia, tan bonita que mirarla hacía daño a los ojos. Él se llamaba Zander y había nacido en un cuerpo que no le aceptaba. Por eso siempre estaba enfermo. Tenían quince años, el mundo en contra y ya no soportaban más ese encierro. La decisión estaba tomada. Dejaron una nota en la que decían que por fin iban a ser libres. Y a amarse.
 
4-Maneras de vivir

 
Seguía atrapado allí dentro, agazapado, esperando la hora. Dieron las doce y después la una. Atisbó por la rendija cómo se acercaban los viejos y polvorientos zapatos negros y que una mano dejaba una bandeja en la puerta como de costumbre. Pasados unos minutos el hombre abrió y cogió la comida, ávidamente y con recelo. Quizá se atreviera otro día aunque no podía ni imaginar de qué iba a vivir fuera de esa habitación en la penumbra.

 
 

 
 

 

lunes, 2 de marzo de 2015

Paracaidistas


Semana 20 de la VIII edición de Relatos en Cadena, organizado por @laventana y @deescritores. La frase de inicio que dejó el gran Juan Antonio Vázquez es "A nadie se le ocurrirá que solo quiso volar, como antes". Y esta es mi propuesta:


A nadie se le ocurrirá que sólo quiso volar, como antes de caer enferma. Dirán que no era más que una vieja que miraba por la ventana y que sabía que iba a morir. Sus amigas se santiguarán y sus hijos bajarán la mirada, avergonzados. Pero ellos comprenderán que el dolor era tan lacerante que solamente quiso experimentar esa sensación una vez más. Literalmente. Aunque fuera la última.